Qué significa la poesía si no es el silencio apalabrado de aquello que querías expresar y callar a la vez. De aquel grito mudo que despertó en el ojo del corazón del poeta. De aquella necesidad constante de fervor sutil que viajaba entre los versos escritos sobre el silencio. Aquella columna de palabras rimadas y sin rimar que guardaban el valor del que apunta con sus dedos una realidad pactada hacia la desnudez más íntima del alma. Aquello que llaman el mapa físico de la anatomía profunda de los que nos miramos en espejos de pensamiento entero. Y no está apagado, no es una luz débil. No puede serlo, porque cada expresión es un destello impulsivo de palabras que se enamoran entre sí, que cantan, bailan y se mueven juntas. Y lo llaman armonía; a esta sinfonía de canciones al cielo estrellado que anida en cada uno de nosotros y que ciertos dedos, vestidos de papel y pluma lo colocan, con mimo, con arte poeta, en el corazón de otro. Aquello que llaman armonía es la verdadera poesía.

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