Su voz, ese extraño objeto de deseo. Escucharlo supone activar cada uno de mis sentidos. Tiene el poder de acariciarme con sus susurros, estremece mi cuerpo pronunciando mi nombre. No necesita nada más para hacer volar mi imaginación,  solo sus palabras y su voz.

Pero es solo eso, deseo, pasión sonora que no va más allá.

Minutos de lujuria que se reducen a cenizas cuando se escucha la palabra adiós. Suspiros que se desvanecen como la luz de una lámpara que se apaga en el salón.

No puedo conservar ese sonido en mi mente, ni el cosquilleo en mi cuerpo, ni el palpitar de mi corazón a contratiempo. Igual es eso lo que lo hace adictivo. Volver a poder sentir su respiración en mi oído.

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